sábado, octubre 14, 2006
Terror en el supermercado

A grandes rasgos, mi vida en "Proud Preston" sigue siendo aburrida. Muy aburrida, diría yo, pero en fin, no me puedo sorprender de esto. Al menos, durante la última semana he ido haciendo varios progresos. Me han puesto a trabajar en la sala de postgraduados del departamento, para que así pueda socializarme con otros doctorandos ingleses. De momento, sólo he conocido a tres compañeros: un cuarentón, que estudia algo sobre identidad local en Lancashire, una china que no habla -más autista que yo- que hace algo sobre Shakespeare y un rasta treintañero que está a punto de ser padre. Una buena representación del frikerío que compone el departamento de Humanidades de la UCLan. Estoy tan necesitado de socializarme que la semana que viene llevaré una caja de bombones por mi cumpleaños a la sala esta, a ver si alguien me hace algo de caso o lo que sea.
Por cierto, hoy ya he sufrido mi primera frustración culinaria por culpa de mi desconocimiento de los productos ingleses. Con toda la ilusión del mundo me había preparado yo unos macarrones con champiñones, ajito y cebolla que me estaban quedando de categoría. Para acabar de redondear la jugada, iba a echarle una lata de lo que yo esperaba que fuese tomate triturado. Lo esperaba porque en la lata ponía "Tomato pure" (o algo así, no voy a sacar la lata de la basura para confirmarlo, no tengo tanto amor por los datos precisos. Pero cuando veo el contenido del continente o lata, aquello era una pasta densa como el cemento. Esperé inutilmente que se diluyese, pero nada. En fin, revolviendo aquello con los macarrones quedó más o menos repartido. El principal problema estaba en otro sentido: en el gusto. Aquello estaba asqueroso. Era dulzón como cabello de ángel. Así que mis macarrones se han ido a tomar viento y he acabado tomando un sandwich de queso.
Pero como no todo es pena y dolor en la casa del pobre, ahí van un par de bonitas postales de Preston que me encuentro yendo de casa a la Universidad. Para que no os penséis que esto es todo feo y gris.

Sí, vale, se que no es gran cosa, pero es que el verde, a los que somos de secano, nos impresiona mucho. Por cierto, podéis ver que el río de Preston, el Ribble, no tiene nada que envidiarle al Manzanares
domingo, octubre 08, 2006
Acomodándome
Pues no. Al final el viernes nada salió como yo esperaba. Tenía pensado en dejar el hotel a las 10, dejar allí mi maleta hasta las 5 de la tarde o así, ver el piso que tenía que ver (por cumplir, más que nada) y después irme a ver el museo Harris ese y hacer tiempo hasta las 5. Pero mis planes se fueron al garete en cuanto los del hotel me dijeron que su política no les permitía guardar mi equipaje. Claro, los del aeropuerto les habrían informado de la peligrosa carga que transporto. Con lo que la consecuencia de esta particular política de Hoteles Travelodge es que aquí el nene tuvo que pasarse toda la mañana arrastrando la maleta por las calles de Preston. Y di que no pesa la maleta ni nada.
Y con la maleta a rastras, me fui a ver el piso de marras. Estaba en una zona residencial de Preston, cerca del estadio del "Preston North End", el equipo de futbol local. Y juro por mi colección de cd's, que nunca había visto tanta mora (bueno, musulmana) tapada hasta las cejas. Ni cuando estuve en Estámbul. Parecerá una gilipollez, pero a mi me chocó. Precisamente ese mismo día el ministro británico del interior hizo un "llamamiento a las mujeres musulmanas para que se quitaran el velo" y dejasen ver su cara para favorecer el acercamiento entre cultura. Casualidades de la vida. En fin, que llego al piso en cuestión y allí no me abre ni cristo. Llamo a la dueña del piso y me dice que iba a llamar a su madre, que vivía en la casa de al lado para que me enseñara ella el piso. Y en efecto, la madre (musulmana con velo) me enseñó la casa, menos el baño porque "estaba ocupado". Yo no se a vosotros, pero a mi todo esto me olía muy raro. Total, que salí por piernas. Al menos todo lo rápido que me permitía el peso de la puñetera maleta.
Así que después de sudar la gota gorda y blasfemar en Arameo durante dos horas y pico, llego a la Estación de Tren de Preston, donde había quedado con mi casero y compañero de piso y decido que de ahí no me mueve ni la guardia civil. Así que me apalanco en la cafetería y a verlas pasar, desde las 2 hasta las 5.
A las 5 llega mi casero con su hija (un torbellino hiperactivo de dos años) y me lleva en el coche hasta casa, donde me adobo al fin en mi habitación. Que por cierto, era la ex habitación de la cría. Al loro donde he ido a caer, que acorde con mi personalidad:


Y esto es lo que se ve desde mi ventana:

Como ya os habréis podido imaginar (o no) vivo en la típica casita unifamiliar anglosajona, con sus dos pisos, su jardincito, su vallita, y sus vecinos con pinta de ser psicópatas en potencia.
El fin de semana está siendo bastante aburrido, tanto, que hasta mañana hasta he ido a hacer footing. En fin: Preston es así.
Y con la maleta a rastras, me fui a ver el piso de marras. Estaba en una zona residencial de Preston, cerca del estadio del "Preston North End", el equipo de futbol local. Y juro por mi colección de cd's, que nunca había visto tanta mora (bueno, musulmana) tapada hasta las cejas. Ni cuando estuve en Estámbul. Parecerá una gilipollez, pero a mi me chocó. Precisamente ese mismo día el ministro británico del interior hizo un "llamamiento a las mujeres musulmanas para que se quitaran el velo" y dejasen ver su cara para favorecer el acercamiento entre cultura. Casualidades de la vida. En fin, que llego al piso en cuestión y allí no me abre ni cristo. Llamo a la dueña del piso y me dice que iba a llamar a su madre, que vivía en la casa de al lado para que me enseñara ella el piso. Y en efecto, la madre (musulmana con velo) me enseñó la casa, menos el baño porque "estaba ocupado". Yo no se a vosotros, pero a mi todo esto me olía muy raro. Total, que salí por piernas. Al menos todo lo rápido que me permitía el peso de la puñetera maleta.
Así que después de sudar la gota gorda y blasfemar en Arameo durante dos horas y pico, llego a la Estación de Tren de Preston, donde había quedado con mi casero y compañero de piso y decido que de ahí no me mueve ni la guardia civil. Así que me apalanco en la cafetería y a verlas pasar, desde las 2 hasta las 5.
A las 5 llega mi casero con su hija (un torbellino hiperactivo de dos años) y me lleva en el coche hasta casa, donde me adobo al fin en mi habitación. Que por cierto, era la ex habitación de la cría. Al loro donde he ido a caer, que acorde con mi personalidad:


Y esto es lo que se ve desde mi ventana:

Como ya os habréis podido imaginar (o no) vivo en la típica casita unifamiliar anglosajona, con sus dos pisos, su jardincito, su vallita, y sus vecinos con pinta de ser psicópatas en potencia.
El fin de semana está siendo bastante aburrido, tanto, que hasta mañana hasta he ido a hacer footing. En fin: Preston es así.
sábado, octubre 07, 2006
Sábado, 30 de septiembre de 2006: Los callos, ¿arma biológica?
La intensidad con la que me cachearon al pasar la barrera de seguridad en Barajas ya era señal de que me esperaba un viaje surrealista. En mi línea, vamos. Me subo al avión y, segunda sorpresa, ¡me toca al lado de la salida de emergencia! Como el avión es más bien un cacharro con alas, la azafata me indica cómo se abre esa salida de emergencia, ya que en caso de desastre, me tocaría a mí abrir la puerta. Apañados íbamos si nos la dábamos contra algún peñasco. Después de unas 3 horitas de viaje, Manchester nos ofrece su cálido abrazo. Recojo mi maleta, preocupado por si la botella de Jerez que le traigo a mi tutor se ha roto o no, y veo, con alegría, que en la misma sala de recogida de equipajes hay una máquina que vende los billetes para mi destino final: Preston, ese paraíso terrenal en el Norte de Inglaterra. Apenas acabo de sacar mi billetito, orgulloso de mi autosuficiencia, me pregunta un amable policía que si venía de Madrid. Le respondo que “yes” y me pide que le acompañe. Intento poner cara de póker, pero pongo esa cara de acojone que tan bien se me da. El poli me acompaña y me dice que me tranquilice, que no pasa nada. ¿Por qué cuando un policía nos dice que nos tranquilicemos nos ponemos más nerviosos? Y allí estaba yo, en el cuartito de la policía del aeropuerto de Manchester, con un policía calzándose unos guantes de látex y mi maleta a punto de ser mancillada, humillada, violada al fin y al cabo. Cuando el señor policía acaba de ponerse los guantes me pregunta si he hecho yo sólo la maleta (“yes”, volví a responder, con cierto orgullo). Después me pregunta que si he aceptado algo de desconocidos (“no”, respondí bastante confundido). Acto seguido, me pregunta que si se que es ilegal introducir armas de fuego y drogas en un país extranjero. Ahí es cuando ya me cago patas abajo. Pero bueno, mantengo el tipo y le digo que “yes”. Ya extrañado le digo que lo único extraño que llevo es “a bottle of Sherry”. Me sonríe, abre mi maleta y mi equipaje queda al descubierto. Entre camisetas, un paraguas, ropa interior y las docenas de latas que mi amantísimo padre me regaló para que no pasase hambre, el policía se dirige raudo a por ¿mis vaqueros? Los coje, los levanta, los mira por detrás y por delante… Y acto seguido, coge una lata de callos y me pregunta ¿qué es esto? Entre los nervios (que ya eran acojone de tercer grado) y mi soltura, lo único que fui capaz de responder fue “ternera”. Me mira. Le miro. Silencio. Y añado, por decir algo: “I have got a lot of foot there, is it bad?” (Tengo mucha comida ahí, ¿es malo?) Me responde que no, mira un par de cosas más, cierra y me deja irme tranquilamente.
Y ahí iba yo, arrastrando mi lata de callos rodeada de calzoncillos y maleta por el aeropuerto de Manchester en busca del tren expreso a Preston, que finalmente pude encontrar. Sentado en mi asiento, jugando a la PSP (Gracias, Salva) y pendiente de mi equipaje, llega el revisor. Le doy mi billete y el me dice algo que mi inglés no es capaz de procesar. A la tercera vez que le pregunto qué me está contando, consigo entender que eso no era un billete, sino el recibo de pago con la tarjeta de crédito. Otra vez pongo cara de haba, y decido hacerme el guiri tonto. O al menos, me consuelo a mí mismo diciéndome que “me lo voy a hacer”. Le digo que es lo único que me dio la máquina del aeropuerto y él me pregunta que a donde voy. Yo le digo que a Preston, orgullo de Britania y Europa, y él se me queda mirando con carica de pena y concluye: “all right”. Se ve que pensará el pobre que bastante castigo tengo ya con mi exilio.
Mi primer día “british” se cierra con otra experiencia cien por cien británica: el taxista pakistaní que me llevó a mi hotel. Por supuesto, cumpliendo ese contrato no escrito entre guiri y taxista que obliga a todo taxista a dar un rodeo más o menos generoso por la ciudad antes de llevar al guiri a su destino. Cuatro libras esterlinas más tarde, ya estaba en la puerta del hotel, pero tuve que esperar, porque el avispado taxista se quería quedar con la vuelta y yo seré guiri y tonto, pero no tanto.

¡Asombraos ante el magnífico panorama que ofrece el horizonte de Preston!
Domingo, 1 de octubre de 2006: What a lively town!
Mis objetivos para hoy eran sencillitos: comprarme un movil con un operador británico, consultar mi correo electrónico para ver cuando quería quedar conmigo mi tutor de la University of Central Lancashire (UCLAN) (y subir este blog, pero ese era objetivo secundario), buscar una oficina de información turística para ver qué hay digno de ver en Preston y buscar alguna tienda abierta en domingo donde comprar alguna de esas cosas que se te olvidan meter en la maleta. Justo esto, que era lo que menos prisa me corría, es lo único que he conseguido. Por cierto ¿soy el único al que le parece ridículo que una oficina de información turística cierre los domingos?
Conclusión: los domingos en Preston, octava maravilla del mundo, son un coñazo. Y yo aún diría más: un auténtico coñazo. Parece ser que aquí, los domingos, sólo trabajan los pringaos de las grandes franquicias de comercio y hosteleria. Que por cierto, no son pocos. El centro de Preston está abarrotado de cafeterías tipo Starbucks, de grandes tiendas de moda (ahora que caigo, no he visto ningún Zara, qué raro), de música y video y de centros comerciales. En un solo día me he encontrado con tres. Y dos de ellos, estaban en obras. Y otro, cerrado.
Y precisamente el que estaba cerrado es el único que tenía un puñetero Cybercafé. La otra opción era ir a un Starbucks, que aquí en Gran Bretaña, es bastante corriente que tengan Wi-Fi gratis. O eso tenía entendido yo. Porque se ve que o estaba equivocado, o el maligno dueño de los Starbucks ha decidido marginar a Preston. Y no, en el hotel tampoco me ofrecían ningún tipo de conexión a Internet. Ni siquiera, a precios escandalosos. Así que mañana por la mañana, a primera hora iré al primer cyber café, que me pilla más cerca y comprobaré mi correo, para ver cuando quiere verme el ínclito John Walton (mi “tutor”).
Martes, 3 de octubre de 2006
Hoy ha sido el único día por el momento en Preston en el que tengo la sensación de haber hecho algo productivo. Ya he concertado 2 citas para ver supuestos hogares, y ya tengo mi tarjeta para la biblioteca de la UCLAN (con una foto en la que salgo jodidamente horrible, madre mía). Puede parecer poco, pero después de la bazofia de día de ayer, a mi me parecen dos logros enormes.
Ayer fue mi primer contacto con la UCLAN. Yo pensaba que el caos y el desorden burocrático eran patrimonio exclusivo de la UCM, pero he comprobado que no. Ayer estuve dando vueltas sin parar por los edificios de la UCLAN, sin que nadie me dijese nada concreto sobre qué hacer para conseguir algo tan aparentemente sencillo como que el servicio de alojamiento de estudiantes me diese un par de números de teléfono de gente dispuesta a alquilarme una habitación. Pues no hubo manera. Como no estoy matriculado en la UCLAN, nadie podía asegurar que yo no era un quinqui que quería encontrar piso por la cara. Y eso que la solicitud de que me matriculasen ¡partía del propio departamento con el que voy a estar trabajando! Ridículo. Eso sí, nadie sabía qué hacer conmigo, pero todos me atendían con una sonrisa y me ayudaban para guiarme de un lado a otro. Me temo que en la UCM me hubiesen dado una patada y a correr.
En fin, hoy todo ha sido bastante más distinto. Y sobre todo, gracias a la inefable ayuda de John Walton, que se ha ganado a pulso su botella de Jerez. Hay que ver, como cambia todo con una simple carta firmada y sellada y con un par de llamadas telefónicas. Tanto, que hoy en apenas una hora y cuarto he resuelto todo lo que ayer fui incapaz de solucionar. Para celebrarlo, Walton me ha llevado a introducirme en el fantástico mundo de los pubs ingleses. Allí he probado la típica cerveza inglesa, tibia y bastante más amarga que las cervezas españolas. Y también ha compartido conmigo su sabiduría culinaria, recomendándome un queso típico de Lancashire. Que por cierto, está de cojones y alegra mi dieta, basada hasta hoy en pescado en conserva y manzanas. Un gran tipo este Walton.
Mañana tengo una cita para ver una habitación que se alquila. Con que sea algo medianamente decente, me lo agencio. Que el hotel está muy bien, pero es una sangrada impresionante. Y mi bolsillo me empieza a pedir cierto control del gasto.
Hablando del hotel, dentro del anecdotario estúpido. Esta tarde ha empezado a sonar una alarma mientras me echaba la siesta que me ha puesto taquicárdico. No sabía muy bien si era un simulacro de incendio, un incendio, o un ataque aéreo. Justo cuando estaba dispuesto para salir y bajar al hall del hotel, ha parado y me he quedado unos cuantos minutos en la puerta sin saber si bajar, subir, sacar el extintor, o llamar a Superman.
Jueves, 5 de octubre de 2006. (Hard rock) ¡Aleluya!
¡Al fin! Al fin he encontrado donde vivir. Está a tomar por culo de la Universidad, pero me da igual, que ya me veía peleándome con los homeless del lugar por un puente más o menos acogedor. Porque hasta ahora todo el mundo me decía que preferían alquilar la habitación por al menos 9 meses. Claro, y al españolito que ha ido sólo para 3 meses que le den… Sniff. Pero hoy alguien se ha apiadado de mí: un londinense con toda la pinta de tener genes del sudeste asiático. Había quedado esta tarde con él, y para no dejar de hacer las cosas al estilo Segado, me he perdido por el camino. Y encima, estaba cayendo la de Dios es Cristo. Vamos, el clima habitual de Preston, tan apacible como siempre. Y yo, empapado, en medio de la nada (bueno, había muchos árboles) llamo al buen hombre para informarle de que iba a llegar un poco tarde, quince minutos como mucho. Me pregunta donde estoy, le indico más o menos y dice que estoy a bastante más de 15 minutos. Para mi sorpresa me pregunta cómo voy vestido y me dice que viene a buscarme en coche. Que tío más majo, oye. Nada más que por esta buena acción, ya se ha ganado que le alquilase la habitación. Por eso, y porque yo ya estaba al borde de la desesperación, que justo esta noche es la última noche que tenía pagada del hotel, digámoslo todo. De hecho, esta mañana estaba tan deprimido y agobiado, que me no he podido resistir la oferta de un pub, que me ofrecía un desayuno tradicional inglés por tan solo 1,95 libras (unos 3 euros, vamos). Así que he entrado y he aliviado mis penas zampándome un huevo frito, una salchicha (joder como picaba la muy cabrona, llevaba especias para parar un tren), unas lonchas de beicon (gordas como ellas solas), unas judías con salsa de tomate y un tomate y un champiñón. Yo también me pregunto a quién intentaban engañar con el tomate y el champiñón: aquello era una fuente de grasa que no se la salta un gitano. En fin, mañana iré a visitar otro piso, nada más que para cumplir y decir “ya os llamaré” (cuesta unos 600 euros al mes), deambularé un poco por el centro de Preston, quizá me anime a una sugerencia de John Walton y vea el museo Harris, una de las joyas de la ciudad. Y por la tarde me mudaré a mi nuevo hogar, dulce hogar.
En otro orden de cosas, hoy en el supermercado he topado con una pieza de periodismo incalculable: la revista "Real life" (o algo así), con titulares tan prometedores como "Despedida por ser demasiado sexy!", "Sin pechos pero con orgullo. Sandy nos enseña sus cicatrices!" o "Vendí mis huevos para comprarle un regalo a mi hijo". Lástima que no comprase un ejemplar, mecachis.
La intensidad con la que me cachearon al pasar la barrera de seguridad en Barajas ya era señal de que me esperaba un viaje surrealista. En mi línea, vamos. Me subo al avión y, segunda sorpresa, ¡me toca al lado de la salida de emergencia! Como el avión es más bien un cacharro con alas, la azafata me indica cómo se abre esa salida de emergencia, ya que en caso de desastre, me tocaría a mí abrir la puerta. Apañados íbamos si nos la dábamos contra algún peñasco. Después de unas 3 horitas de viaje, Manchester nos ofrece su cálido abrazo. Recojo mi maleta, preocupado por si la botella de Jerez que le traigo a mi tutor se ha roto o no, y veo, con alegría, que en la misma sala de recogida de equipajes hay una máquina que vende los billetes para mi destino final: Preston, ese paraíso terrenal en el Norte de Inglaterra. Apenas acabo de sacar mi billetito, orgulloso de mi autosuficiencia, me pregunta un amable policía que si venía de Madrid. Le respondo que “yes” y me pide que le acompañe. Intento poner cara de póker, pero pongo esa cara de acojone que tan bien se me da. El poli me acompaña y me dice que me tranquilice, que no pasa nada. ¿Por qué cuando un policía nos dice que nos tranquilicemos nos ponemos más nerviosos? Y allí estaba yo, en el cuartito de la policía del aeropuerto de Manchester, con un policía calzándose unos guantes de látex y mi maleta a punto de ser mancillada, humillada, violada al fin y al cabo. Cuando el señor policía acaba de ponerse los guantes me pregunta si he hecho yo sólo la maleta (“yes”, volví a responder, con cierto orgullo). Después me pregunta que si he aceptado algo de desconocidos (“no”, respondí bastante confundido). Acto seguido, me pregunta que si se que es ilegal introducir armas de fuego y drogas en un país extranjero. Ahí es cuando ya me cago patas abajo. Pero bueno, mantengo el tipo y le digo que “yes”. Ya extrañado le digo que lo único extraño que llevo es “a bottle of Sherry”. Me sonríe, abre mi maleta y mi equipaje queda al descubierto. Entre camisetas, un paraguas, ropa interior y las docenas de latas que mi amantísimo padre me regaló para que no pasase hambre, el policía se dirige raudo a por ¿mis vaqueros? Los coje, los levanta, los mira por detrás y por delante… Y acto seguido, coge una lata de callos y me pregunta ¿qué es esto? Entre los nervios (que ya eran acojone de tercer grado) y mi soltura, lo único que fui capaz de responder fue “ternera”. Me mira. Le miro. Silencio. Y añado, por decir algo: “I have got a lot of foot there, is it bad?” (Tengo mucha comida ahí, ¿es malo?) Me responde que no, mira un par de cosas más, cierra y me deja irme tranquilamente.
Y ahí iba yo, arrastrando mi lata de callos rodeada de calzoncillos y maleta por el aeropuerto de Manchester en busca del tren expreso a Preston, que finalmente pude encontrar. Sentado en mi asiento, jugando a la PSP (Gracias, Salva) y pendiente de mi equipaje, llega el revisor. Le doy mi billete y el me dice algo que mi inglés no es capaz de procesar. A la tercera vez que le pregunto qué me está contando, consigo entender que eso no era un billete, sino el recibo de pago con la tarjeta de crédito. Otra vez pongo cara de haba, y decido hacerme el guiri tonto. O al menos, me consuelo a mí mismo diciéndome que “me lo voy a hacer”. Le digo que es lo único que me dio la máquina del aeropuerto y él me pregunta que a donde voy. Yo le digo que a Preston, orgullo de Britania y Europa, y él se me queda mirando con carica de pena y concluye: “all right”. Se ve que pensará el pobre que bastante castigo tengo ya con mi exilio.
Mi primer día “british” se cierra con otra experiencia cien por cien británica: el taxista pakistaní que me llevó a mi hotel. Por supuesto, cumpliendo ese contrato no escrito entre guiri y taxista que obliga a todo taxista a dar un rodeo más o menos generoso por la ciudad antes de llevar al guiri a su destino. Cuatro libras esterlinas más tarde, ya estaba en la puerta del hotel, pero tuve que esperar, porque el avispado taxista se quería quedar con la vuelta y yo seré guiri y tonto, pero no tanto.

¡Asombraos ante el magnífico panorama que ofrece el horizonte de Preston!
Domingo, 1 de octubre de 2006: What a lively town!
Mis objetivos para hoy eran sencillitos: comprarme un movil con un operador británico, consultar mi correo electrónico para ver cuando quería quedar conmigo mi tutor de la University of Central Lancashire (UCLAN) (y subir este blog, pero ese era objetivo secundario), buscar una oficina de información turística para ver qué hay digno de ver en Preston y buscar alguna tienda abierta en domingo donde comprar alguna de esas cosas que se te olvidan meter en la maleta. Justo esto, que era lo que menos prisa me corría, es lo único que he conseguido. Por cierto ¿soy el único al que le parece ridículo que una oficina de información turística cierre los domingos?
Conclusión: los domingos en Preston, octava maravilla del mundo, son un coñazo. Y yo aún diría más: un auténtico coñazo. Parece ser que aquí, los domingos, sólo trabajan los pringaos de las grandes franquicias de comercio y hosteleria. Que por cierto, no son pocos. El centro de Preston está abarrotado de cafeterías tipo Starbucks, de grandes tiendas de moda (ahora que caigo, no he visto ningún Zara, qué raro), de música y video y de centros comerciales. En un solo día me he encontrado con tres. Y dos de ellos, estaban en obras. Y otro, cerrado.
Y precisamente el que estaba cerrado es el único que tenía un puñetero Cybercafé. La otra opción era ir a un Starbucks, que aquí en Gran Bretaña, es bastante corriente que tengan Wi-Fi gratis. O eso tenía entendido yo. Porque se ve que o estaba equivocado, o el maligno dueño de los Starbucks ha decidido marginar a Preston. Y no, en el hotel tampoco me ofrecían ningún tipo de conexión a Internet. Ni siquiera, a precios escandalosos. Así que mañana por la mañana, a primera hora iré al primer cyber café, que me pilla más cerca y comprobaré mi correo, para ver cuando quiere verme el ínclito John Walton (mi “tutor”).
Martes, 3 de octubre de 2006
Hoy ha sido el único día por el momento en Preston en el que tengo la sensación de haber hecho algo productivo. Ya he concertado 2 citas para ver supuestos hogares, y ya tengo mi tarjeta para la biblioteca de la UCLAN (con una foto en la que salgo jodidamente horrible, madre mía). Puede parecer poco, pero después de la bazofia de día de ayer, a mi me parecen dos logros enormes.
Ayer fue mi primer contacto con la UCLAN. Yo pensaba que el caos y el desorden burocrático eran patrimonio exclusivo de la UCM, pero he comprobado que no. Ayer estuve dando vueltas sin parar por los edificios de la UCLAN, sin que nadie me dijese nada concreto sobre qué hacer para conseguir algo tan aparentemente sencillo como que el servicio de alojamiento de estudiantes me diese un par de números de teléfono de gente dispuesta a alquilarme una habitación. Pues no hubo manera. Como no estoy matriculado en la UCLAN, nadie podía asegurar que yo no era un quinqui que quería encontrar piso por la cara. Y eso que la solicitud de que me matriculasen ¡partía del propio departamento con el que voy a estar trabajando! Ridículo. Eso sí, nadie sabía qué hacer conmigo, pero todos me atendían con una sonrisa y me ayudaban para guiarme de un lado a otro. Me temo que en la UCM me hubiesen dado una patada y a correr.
En fin, hoy todo ha sido bastante más distinto. Y sobre todo, gracias a la inefable ayuda de John Walton, que se ha ganado a pulso su botella de Jerez. Hay que ver, como cambia todo con una simple carta firmada y sellada y con un par de llamadas telefónicas. Tanto, que hoy en apenas una hora y cuarto he resuelto todo lo que ayer fui incapaz de solucionar. Para celebrarlo, Walton me ha llevado a introducirme en el fantástico mundo de los pubs ingleses. Allí he probado la típica cerveza inglesa, tibia y bastante más amarga que las cervezas españolas. Y también ha compartido conmigo su sabiduría culinaria, recomendándome un queso típico de Lancashire. Que por cierto, está de cojones y alegra mi dieta, basada hasta hoy en pescado en conserva y manzanas. Un gran tipo este Walton.
Mañana tengo una cita para ver una habitación que se alquila. Con que sea algo medianamente decente, me lo agencio. Que el hotel está muy bien, pero es una sangrada impresionante. Y mi bolsillo me empieza a pedir cierto control del gasto.
Hablando del hotel, dentro del anecdotario estúpido. Esta tarde ha empezado a sonar una alarma mientras me echaba la siesta que me ha puesto taquicárdico. No sabía muy bien si era un simulacro de incendio, un incendio, o un ataque aéreo. Justo cuando estaba dispuesto para salir y bajar al hall del hotel, ha parado y me he quedado unos cuantos minutos en la puerta sin saber si bajar, subir, sacar el extintor, o llamar a Superman.
Jueves, 5 de octubre de 2006. (Hard rock) ¡Aleluya!
¡Al fin! Al fin he encontrado donde vivir. Está a tomar por culo de la Universidad, pero me da igual, que ya me veía peleándome con los homeless del lugar por un puente más o menos acogedor. Porque hasta ahora todo el mundo me decía que preferían alquilar la habitación por al menos 9 meses. Claro, y al españolito que ha ido sólo para 3 meses que le den… Sniff. Pero hoy alguien se ha apiadado de mí: un londinense con toda la pinta de tener genes del sudeste asiático. Había quedado esta tarde con él, y para no dejar de hacer las cosas al estilo Segado, me he perdido por el camino. Y encima, estaba cayendo la de Dios es Cristo. Vamos, el clima habitual de Preston, tan apacible como siempre. Y yo, empapado, en medio de la nada (bueno, había muchos árboles) llamo al buen hombre para informarle de que iba a llegar un poco tarde, quince minutos como mucho. Me pregunta donde estoy, le indico más o menos y dice que estoy a bastante más de 15 minutos. Para mi sorpresa me pregunta cómo voy vestido y me dice que viene a buscarme en coche. Que tío más majo, oye. Nada más que por esta buena acción, ya se ha ganado que le alquilase la habitación. Por eso, y porque yo ya estaba al borde de la desesperación, que justo esta noche es la última noche que tenía pagada del hotel, digámoslo todo. De hecho, esta mañana estaba tan deprimido y agobiado, que me no he podido resistir la oferta de un pub, que me ofrecía un desayuno tradicional inglés por tan solo 1,95 libras (unos 3 euros, vamos). Así que he entrado y he aliviado mis penas zampándome un huevo frito, una salchicha (joder como picaba la muy cabrona, llevaba especias para parar un tren), unas lonchas de beicon (gordas como ellas solas), unas judías con salsa de tomate y un tomate y un champiñón. Yo también me pregunto a quién intentaban engañar con el tomate y el champiñón: aquello era una fuente de grasa que no se la salta un gitano. En fin, mañana iré a visitar otro piso, nada más que para cumplir y decir “ya os llamaré” (cuesta unos 600 euros al mes), deambularé un poco por el centro de Preston, quizá me anime a una sugerencia de John Walton y vea el museo Harris, una de las joyas de la ciudad. Y por la tarde me mudaré a mi nuevo hogar, dulce hogar.
En otro orden de cosas, hoy en el supermercado he topado con una pieza de periodismo incalculable: la revista "Real life" (o algo así), con titulares tan prometedores como "Despedida por ser demasiado sexy!", "Sin pechos pero con orgullo. Sandy nos enseña sus cicatrices!" o "Vendí mis huevos para comprarle un regalo a mi hijo". Lástima que no comprase un ejemplar, mecachis.